Ciudad Real es conformista, forma parte de la idiosincrasia de su ciudadanía la pasividad ante cualquier nubarrón que se cierna sobre el cielo culipardo. En lo deportivo, sólo el Real Madrid (un club que, como sabrán, no es de nuestra ciudad) despierta pasiones entre unas masas dormidas cuando de apoyar al equipo de su tierra se trata.
Lo del Balonmano Ciudad Real no es más que la constatación de que aquí cada uno va a lo suyo, está muy bien tener al mejor equipo del Mundo en una disciplina deportiva, presumir de él ante los foráneos, ir de vez en cuando al pabellón a dejarse ver, pero cuando hay que ayudar, aunque sea con el simple gesto de renovar el abono cada temporada, la cosa cambia... Al principio molaba, pero el triunfo se convirtió en rutina, y el mejor equipo del Mundo ya no llenaba el pabellón.
Se podrían buscar muchos culpables, pero en el fondo, la responsabilidad recae en una sociedad que siempre deja en manos de otros el sostenimiento de sus proyectos deportivos. Y así nos va.
lunes, 20 de junio de 2011
miércoles, 15 de junio de 2011
Subvencionismo Ilustrado
Vivimos en la era del “Subvencionismo Ilustrado”. Asociaciones juveniles, colectivos culturales, medios de comunicación, sindicatos y todo tipo de agrupaciones se han instalado al calor del dinero público, exprimiendo al máximo las ayudas institucionales para llevar a cabo sus objetivos, más o menos loables.
Y no digo yo que no haya colectivos que, por su trabajo y seriedad, merezcan el cheque anual firmado por el tesorero de su Ayuntamiento, Diputación o Comunidad Autónoma, pero nadie me negará que hay otro tipo de asociaciones claramente prescindibles, cuya única razón de ser es, precisamente, la recepción de la subvención pública.
Tampoco estoy diciendo que me cargaría de un plumazo todo este tipo de ayudas, aunque así escrito y releído suene bastante bonito (con la excepción -claro está- de aquellas que realizan una labor social o de cooperación al desarrollo), pero desde luego sí cabe esperar una regulación urgente del libre reparto de fondos públicos, no puede ser que se valore de la misma manera a quienes construyen colegios en Uganda y a quienes se juntan de botellón en su sede una o dos veces por semana.
Frente a lo fácil, por tanto, que sería la supresión del subvencionismo exacerbado, propongo la racionalización de esas ayudas en base a criterios objetivos que eviten, entre otras cuantas perversiones del sistema, el establecimiento de relaciones de clientelismo de las asociaciones respecto a los poderes políticos o económicos que las mantienen, y el despilfarro innecesario del dinero de todos.
Y no digo yo que no haya colectivos que, por su trabajo y seriedad, merezcan el cheque anual firmado por el tesorero de su Ayuntamiento, Diputación o Comunidad Autónoma, pero nadie me negará que hay otro tipo de asociaciones claramente prescindibles, cuya única razón de ser es, precisamente, la recepción de la subvención pública.
Tampoco estoy diciendo que me cargaría de un plumazo todo este tipo de ayudas, aunque así escrito y releído suene bastante bonito (con la excepción -claro está- de aquellas que realizan una labor social o de cooperación al desarrollo), pero desde luego sí cabe esperar una regulación urgente del libre reparto de fondos públicos, no puede ser que se valore de la misma manera a quienes construyen colegios en Uganda y a quienes se juntan de botellón en su sede una o dos veces por semana.
Frente a lo fácil, por tanto, que sería la supresión del subvencionismo exacerbado, propongo la racionalización de esas ayudas en base a criterios objetivos que eviten, entre otras cuantas perversiones del sistema, el establecimiento de relaciones de clientelismo de las asociaciones respecto a los poderes políticos o económicos que las mantienen, y el despilfarro innecesario del dinero de todos.
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