El traqueteo del tren inundaba su memoria de cientos de recuerdos, pero también producía innumerables pensamientos que le atormentaban. Por eso decidió sacar el teléfono móvil del bolsillo, para intentar vaciar su mente y entretenerse con alguno de esos juegos básicos y adictivos que en alguna ocasión descargó y cuyo interés sólo duró tres o cuatro partidas. Lo intentó con dos de ellos, pero entonces comprobó que el dinero que había gastado en bajárselos había sido -sin duda- una mala inversión.
Pero no tenía nada mejor que hacer, así que continuó probando suerte con el móvil. Abrió la agenda con la intención de repasar el nombre de las personas que formaban parte de ella, dispuesto incluso a borrar algún contacto que meses o años atrás dejó de serlo. Y entonces apareció su nombre, precedido de dos letras “A”, como aconsejan las autoridades sanitarias registrar el número de teléfono de las personas a las que se debe avisar en caso de accidente.
Era consciente de que nunca jamás volvería a utilizar esa entrada en la agenda de su teléfono. Precisamente ese era uno de los pensamientos que le venían atormentando durante el eterno trayecto de vuelta en el talgo: Hacerse a la idea de que había desaparecido de su vida y de que nunca más volvería a formar parte de ella, salvo en forma de recuerdos. Tan bellos como dolorosos recuerdos.
Decidió entonces dejar su nombre y su número de teléfono registrados. Sabía que aquella determinación no sería eterna, llegaría el momento en que pulsara la tecla “borrar” y confirmara la operación. Pero no era aquel, regresaba a casa tras asistir al entierro de su madre, y necesitaba que su nombre siguiera apareciendo en el primer puesto de la agenda de contactos de su teléfono móvil.
Tu punzante minirelato sienta las bases de un nuevo género, el Cyber-drama.
ResponderEliminarBastante inspirador Señor W, con usted siempre se aprende algo.
PD: Si el protagonista hubiese tenido un iPhone con sus peligrosamente adictivos minijuegos gratuitos, no le hubiera pasado esto.