martes, 21 de diciembre de 2010

El Barco Pirata

Muchos años después, frente a la estantería de aquellos grandes almacenes, aquel señor mayor había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a unos grandes almacenes*. Le dijo entonces su progenitor que aquel era el escaparate que los Reyes Magos de Oriente, cada año, instalaban en la ciudad para que los niños escogieran qué regalos querían encontrar junto al portal de belén en la mágica madrugada del 6 de enero.

Aquel señor no se crió en una familia rica, ni pobre tampoco. No faltaban el dinero ni las comodidades, pero sí los excesos y los caprichos. Por eso acató con resignación cuando su padre le dijo que aquel año no había hecho méritos para recibir el barco pirata de playmobil que tanto ansiaba, sabía que aquel juguete, por unas u otras razones, no estaba a su alcance, y que tendría que conformarse con algo más pequeño. Y no porque su padre no estuviera dispuesto a comprárselo, es que en su orden de prioridades ya había señalado el escalextric como la primera opción, y añadir el barco pirata era demasiado.

Ocupó la mañana del 6 de enero montando pistas, enchufando cables y haciendo circular varios coches de plástico por unas carreteras surcadas por raíles de metal que hacían llegar la electricidad con mayor intensidad en las rectas y menor en las curvas, para que los motores funcionaran. No recordó que aquel año hubiera deseado jugar a los piratas con aquel barco de plástico y aquellos muñecos que generaban tanta diversión como la escasa libertad de movimientos con que contaban.

En años sucesivos, disfrutó imitando a sus mayores, creando historias en la granja, circulando con el deportivo, cargando arena en el camión o construyendo edificios imaginarios con la grúa. Pero no fue hasta entonces, hasta aquel día en que aquel señor mayor estaba frente a la estantería de unos grandes almacenes, cuando recordó que una vez quiso el barco pirata de playmobil y nunca lo tuvo.

*Nota del autor: Cualquier parecido con el comienzo de “Cien años de soledad” es fruto de la más absoluta casualidad…

viernes, 3 de diciembre de 2010

Su número


El traqueteo del tren inundaba su memoria de cientos de recuerdos, pero también producía innumerables pensamientos que le atormentaban. Por eso decidió sacar el teléfono móvil del bolsillo, para intentar vaciar su mente y entretenerse con alguno de esos juegos básicos y adictivos que en alguna ocasión descargó y cuyo interés sólo duró tres o cuatro partidas. Lo intentó con dos de ellos, pero entonces comprobó que el dinero que había gastado en bajárselos había sido -sin duda- una mala inversión.

Pero no tenía nada mejor que hacer, así que continuó probando suerte con el móvil. Abrió la agenda con la intención de repasar el nombre de las personas que formaban parte de ella, dispuesto incluso a borrar algún contacto que meses o años atrás dejó de serlo. Y entonces apareció su nombre, precedido de dos letras “A”, como aconsejan las autoridades sanitarias registrar el número de teléfono de las personas a las que se debe avisar en caso de accidente.

Era consciente de que nunca jamás volvería a utilizar esa entrada en la agenda de su teléfono. Precisamente ese era uno de los pensamientos que le venían atormentando durante el eterno trayecto de vuelta en el talgo: Hacerse a la idea de que había desaparecido de su vida y de que nunca más volvería a formar parte de ella, salvo en forma de recuerdos. Tan bellos como dolorosos recuerdos.

Decidió entonces dejar su nombre y su número de teléfono registrados. Sabía que aquella determinación no sería eterna, llegaría el momento en que pulsara la tecla “borrar” y confirmara la operación. Pero no era aquel, regresaba a casa tras asistir al entierro de su madre, y necesitaba que su nombre siguiera apareciendo en el primer puesto de la agenda de contactos de su teléfono móvil.