miércoles, 30 de junio de 2010

Túnel de Bestiarios IV

A media mañana de ayer eché un vistazo a todas las entradas que he ido publicando desde que iniciara la andadura de este blog. Resulta curioso hacer un ejercicio de este tipo de vez en cuando, observar lo que pensaste en un momento dado sobre un asunto concreto, pero filtrado con la perspectiva del tiempo.

Todas las entradas -y si no todas, la mayoría- tienen un denominador común. He observado, y no puedo decir que me sorprenda porque a estas alturas uno ya se conoce demasiado bien, que existe en cada artículo una necesidad de justificación. Y es que al final la cabra tira al monte. Dije en la primera entrada que este blog no supondría una carga ni una obligación, que actualizaría cuándo, cómo y por lo que me apeteceriera, pero me ha sido imposible acatar la única norma que me impuse para el desarrollo de Señor Wences.

Es propio de mi carácter, que caray, no voy a negarlo. Pero también forma parte de la idiosincrasia de la sociedad española, acentúada más en una región como Castilla-La Mancha, siempre en el vagón de cola, y en una ciudad como Ciudad Real, donde nunca pasa nada positivo que exportar al país, al mundo.

Le pasa también a la selección española. A veces creo que éramos más felices en la derrota, como el Atlético de Madrid. Nos aferrábamos al espíritu del eterno perdedor, porque en el fondo resulta mucho más cómodo culpar a la alineación de Júpiter con Saturno de las desgracias propias, que mantenerse en lo más alto cuando se ha tocado el cielo.

En esas anda España, en mantenerse. Fuimos primeros de grupo en el Mundial pero nadie estaba contento, faltaba algo, que si el juego no era el de la Eurocopa, que si estaban muy cansados físicamente, que si fallaban demasiadas ocasiones... Y ahora ¿qué?, ¿cuál será el "pero" de la victoria con Portugal?... A ver si acierto: El exiguo marcador, el posible fuera de juego en el gol del Villa...

Qué más dará. Hemos ganado, ya estamos en cuartos, mejorando partido a partido. Disfrutemos el momento, no vaya a ser que sin darnos cuenta lleguemos de nuevo a la cima de la montaña y nos hayamos olvidado de ser felices por el camino.

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