En primer lugar acéptenme las disculpas por el retraso, pero alegaré en mi defensa que cuando dije que actualizaría después de cada partido de España en el Mundial, se entiende que ese periodo de tiempo se extiende, al menos, hasta el siguiente. Por lo que no hay delito, y de haberlo concurrirían a su vez otras circunstancias atenuantes, como la asistencia al posiblemente último paseíllo de Joaquín Sabina en Las Ventas.
Tanto el concierto del "Boudelaire con guitarra madrileña" como el último encuentro de "La Roja" (prohibidas las interpretaciones políticas, que las carga el Diablo) fueron muestras casi caricaturescas de que lo que en otro tiempo pasado fue mejor, pero aún así, en ambos casos queda un regusto positivo, porque pasada la plenitud, cuando es el momento de pelear contra el deterioro que produce el tiempo, es mucho más fácil llegar al corazón, o que te lleguen.
No es como antes, y nunca jamás lo será, pero no hace falta. España no necesita volver a elaborar el fútbol artesano, puro y bello, que encandiló al mundo fútbolístico. Sabina tampoco requiere la voz del "Física y química", le bastan las arrugas de su voz para filtrar la desolación de saber que, probablemente, los del sábado fueron los últimos versos que recitaba a la que es su catedral.
El gol de Villa (el primero) sirvió para decirle a los agoreros que todavía estamos aquí, esperando a que el fin del mundo nos pille bailando.
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