No. No temáis. No haré una extensa y sesuda argumentación en defensa o en contra de las corridas de toros en esta actualización. Y no lo haré porque sería realmente aburrida, y porque en el fondo, y por mucho que nos cueste admitirlo, quienes estamos a favor de los espectáculos taurinos estamos abocados al fracaso ante cualquier discusión con un interlocutor declarado defensor de la abolición de esta tradición española.
Y es que es muy difícil demostrar que los toros no sufren a lo largo de la lidia que acaba con su muerte en la plaza. Y tampoco me vale incluir en la discusión cuestiones ajenas al debate en sí mismo. No se puede defender la fiesta de los toros diciendo que determinados sectores de la clase política catalana están usando esta confrontación para enarbolar la bandera del independentismo, o recordando el riesgo al que se exponen los pequeños infantes que coronan un tradicional “casteller”.
Dicho esto, y reconociendo que quienes califican las corridas de toros como un espectáculo cruel llevan parte de razón, no puedo negar que en el fondo a mí me gustan. Sí, he asistido muchas veces a plazas de toros, las primeras de la mano de mi padre, y me considero aficionado taurino. No puedo evitar sentir cierta atracción por el toreo, como espectador me provoca numerosas sensaciones que me resultan del todo atrayentes. Una faena de José Tomás me parece algo muy cercano al arte, con el añadido de la emoción que otorga el hecho de que un señor se esté jugando la vida, o al menos su integridad física.
Y tiro de incoherencia para pedir a quienes convierten su vida en una lucha por la eliminación de las corridas de toros, que busquen otras causas más importantes, que las hay, donde el sufrimiento animal se ve claramente superado por el sufrimiento humano. No son comparables.
En cualquier caso, los antitaurinos pueden estar tranquilos. Ya hace mucho tiempo que la fiesta de los toros está podrida en España, y no dudo de que tarde o temprano terminará despareciendo por obra y gracia de quienes forman parte de ella. Una idea esta que se ha visto reforzada con las lapidarias palabras expresadas recientemente por el apoderado de José Tomás, Salvador Boix, en el parlamento catalán: “Que la dejen morir tranquila”.
Chico, si te gusta, qué se le va a hacer. Quiero decir, que ninguno somos dueños de nuestras sensaciones, con lo que no voy a criticar que te guste, ni el hecho de que las filigranas de José Tomás te parezcan arte (entre otras cosas porque no recuerdo haberlas visto nunca).
ResponderEliminarAunque a mí también me resulta aburridísimo debatir sobre estos temas, te diré que nunca me ha valido el argumento de que el torero se esté jugando la vida, que es una lucha entre iguales, etc. No creo -ni de lejos- que sea una lucha igualada. Y como muestra, no hay más que ver los tanteos.
Tampoco me vale, Wences, el argumento de que haya causas más crueles, más dignas o mas importantes por las que luchar, porque entonces nunca podremos luchar por nada ni protestar por nada, ya que siempre habrá un tema más importante.
Evidentemente no es una lucha entre iguales porque está pensada para que en la gran mayoría de las ocasiones se imponga la inteligencia del hombre sobre el animal... Pero existe un pequeñísimo porcentaje de probabilidad de que no sea así, y eso significa que el torero se juega la vida...
ResponderEliminarEn cuanto a lo del argumento de las causas., A mi tampoco me vale, por eso empezaba el párrafo tirando de incoherencia, pero desde mi punto de vista más personal y subjetivo, creo que, por ejemplo, lucha por la defensa de los derechos humanos debería estar unos escalones por encima de la lucha por la defensa de los derechos de los animales... y hay personas que parecen no estar de acuerdo con ese axioma que, para mí, de entrada, es básico...