lunes, 4 de julio de 2011

El Fin de una época

(Este artículo fue publicado en la edición del Diario Lanza del pasado viernes, 1 de julio de 2011)

Es un poco ventajista decirlo a estas alturas, pero siempre creí que el final del Balonmano Ciudad Real, como equipo de élite, sería muy parecido a lo que hemos vivido en las últimas semanas. Siempre tuve muy claro que este era un proyecto personal e individual de su presidente, Domingo Díaz de Mera, que en época de bonanza contó con ciertas ayudas públicas y privadas, pero que en el fondo era sustentado económicamente por quien ahora ha tomado la decisión de llevárselo a Madrid.

Sólo el dinero y la pasión del máximo mandatario del club -¿manchego?, ¿madrileño?- llevaron a la élite del balonmano mundial al equipo de una pequeña capital de provincias cuyos éxitos deportivos habían sido exiguos hasta entonces. Si los títulos del Balonmano Ciudad Real permitieron a su presidente obtener un rendimiento económico y empresarial, es algo que sólo él puede saber y cuantificar. Puede que así sea, pero eso no es óbice para reconocer que de su cartera salió un plantel que nos ha hecho disfrutar durante una década del mejor balonmano del Mundo, de títulos nacionales e internacionales que jamás hubiéramos soñado conseguir sin las aportaciones de un mecenas.

Los diez últimos años, como periodista y aficionado, me dejan infinidad de recuerdos felices, y a ellos me aferro en estos momentos de tristeza. Me quedo con la primera Recopa, en aquella memorable final que al técnico Veselin Vujovic le costó una camisa. Me quedo también con el primer triunfo del Ciudad Real sobre el Barcelona en el Puerta de Santa María, cuya crónica tuve el honor de escribir en este mismo periódico. Y me quedo, sobre todo, con las dos históricas remontadas al Kiel alemán en dos finales de la Copa de Europa en las que el equipo manchego alcanzó el más difícil todavía. Y me quedo también con la humanidad de los técnicos y jugadores que durante estos años han pasado por el equipo, sobre todo uno: Talant Dujshebaev.

Ahora sólo nos quedan recuerdos. Y la esperanza de mirar al futuro. No es mala opción que el propio Domingo Díaz de Mera compre una plaza en categoría nacional y sostenga un equipo de menor nivel que el actual en nuestra ciudad. También me motiva mucho la intención de las peñas de crear un nuevo club, de base social, que arranque desde cero. Sea lo que sea, ojalá en Ciudad Real nunca dejen de escucharse los cánticos de una afición, escasa pero grande, que siente este deporte como ninguna otra.

lunes, 20 de junio de 2011

La ciudad conformista

Ciudad Real es conformista, forma parte de la idiosincrasia de su ciudadanía la pasividad ante cualquier nubarrón que se cierna sobre el cielo culipardo. En lo deportivo, sólo el Real Madrid (un club que, como sabrán, no es de nuestra ciudad) despierta pasiones entre unas masas dormidas cuando de apoyar al equipo de su tierra se trata.

Lo del Balonmano Ciudad Real no es más que la constatación de que aquí cada uno va a lo suyo, está muy bien tener al mejor equipo del Mundo en una disciplina deportiva, presumir de él ante los foráneos, ir de vez en cuando al pabellón a dejarse ver, pero cuando hay que ayudar, aunque sea con el simple gesto de renovar el abono cada temporada, la cosa cambia... Al principio molaba, pero el triunfo se convirtió en rutina, y el mejor equipo del Mundo ya no llenaba el pabellón.

Se podrían buscar muchos culpables, pero en el fondo, la responsabilidad recae en una sociedad que siempre deja en manos de otros el sostenimiento de sus proyectos deportivos. Y así nos va.

miércoles, 15 de junio de 2011

Subvencionismo Ilustrado

Vivimos en la era del “Subvencionismo Ilustrado”. Asociaciones juveniles, colectivos culturales, medios de comunicación, sindicatos y todo tipo de agrupaciones se han instalado al calor del dinero público, exprimiendo al máximo las ayudas institucionales para llevar a cabo sus objetivos, más o menos loables.

Y no digo yo que no haya colectivos que, por su trabajo y seriedad, merezcan el cheque anual firmado por el tesorero de su Ayuntamiento, Diputación o Comunidad Autónoma, pero nadie me negará que hay otro tipo de asociaciones claramente prescindibles, cuya única razón de ser es, precisamente, la recepción de la subvención pública.

Tampoco estoy diciendo que me cargaría de un plumazo todo este tipo de ayudas, aunque así escrito y releído suene bastante bonito (con la excepción -claro está- de aquellas que realizan una labor social o de cooperación al desarrollo), pero desde luego sí cabe esperar una regulación urgente del libre reparto de fondos públicos, no puede ser que se valore de la misma manera a quienes construyen colegios en Uganda y a quienes se juntan de botellón en su sede una o dos veces por semana.

Frente a lo fácil, por tanto, que sería la supresión del subvencionismo exacerbado, propongo la racionalización de esas ayudas en base a criterios objetivos que eviten, entre otras cuantas perversiones del sistema, el establecimiento de relaciones de clientelismo de las asociaciones respecto a los poderes políticos o económicos que las mantienen, y el despilfarro innecesario del dinero de todos.

viernes, 18 de febrero de 2011

¿Cuándo?

“A mis cuarenta y diez, cuarenta y nueve dicen que aparento.

Más antes que después he de enfrentarme al delicado momento

de empezar a pensar en retirarme, de sentar la cabeza,

de resignarme a escribir testamento. Perdón por la tristeza”.



Canción: A mis cuarenta y diez

Álbum: 19 Días y 500 Noches

Autor: Joaquín Sabina


-----------------------------------------------------------------------


En qué momento de la vida a uno se le pasa por la cabeza que no estaría de más ir a visitar al notario, y dejar escrito y firmado quién o quiénes serán los beneficiarios de nuestras muchas o pocas posesiones. A qué clase de proceso intelectual se somete un individuo y cuánto tiempo necesita madurar una reflexión para concluir que uno ya ha llegado a la edad suficiente como para restar días, minutos y segundos al resto de su vida.


Dónde está el punto de inflexión que marca la diferencia entre lo que queda por vivir y lo que falta para morir… ¿Se es consciente de la existencia de una línea de no retorno que, una vez rebasada, nos llevará, cuesta abajo, al final de nuestra vida?

martes, 21 de diciembre de 2010

El Barco Pirata

Muchos años después, frente a la estantería de aquellos grandes almacenes, aquel señor mayor había de recordar aquella tarde remota en que su padre le llevó a unos grandes almacenes*. Le dijo entonces su progenitor que aquel era el escaparate que los Reyes Magos de Oriente, cada año, instalaban en la ciudad para que los niños escogieran qué regalos querían encontrar junto al portal de belén en la mágica madrugada del 6 de enero.

Aquel señor no se crió en una familia rica, ni pobre tampoco. No faltaban el dinero ni las comodidades, pero sí los excesos y los caprichos. Por eso acató con resignación cuando su padre le dijo que aquel año no había hecho méritos para recibir el barco pirata de playmobil que tanto ansiaba, sabía que aquel juguete, por unas u otras razones, no estaba a su alcance, y que tendría que conformarse con algo más pequeño. Y no porque su padre no estuviera dispuesto a comprárselo, es que en su orden de prioridades ya había señalado el escalextric como la primera opción, y añadir el barco pirata era demasiado.

Ocupó la mañana del 6 de enero montando pistas, enchufando cables y haciendo circular varios coches de plástico por unas carreteras surcadas por raíles de metal que hacían llegar la electricidad con mayor intensidad en las rectas y menor en las curvas, para que los motores funcionaran. No recordó que aquel año hubiera deseado jugar a los piratas con aquel barco de plástico y aquellos muñecos que generaban tanta diversión como la escasa libertad de movimientos con que contaban.

En años sucesivos, disfrutó imitando a sus mayores, creando historias en la granja, circulando con el deportivo, cargando arena en el camión o construyendo edificios imaginarios con la grúa. Pero no fue hasta entonces, hasta aquel día en que aquel señor mayor estaba frente a la estantería de unos grandes almacenes, cuando recordó que una vez quiso el barco pirata de playmobil y nunca lo tuvo.

*Nota del autor: Cualquier parecido con el comienzo de “Cien años de soledad” es fruto de la más absoluta casualidad…

viernes, 3 de diciembre de 2010

Su número


El traqueteo del tren inundaba su memoria de cientos de recuerdos, pero también producía innumerables pensamientos que le atormentaban. Por eso decidió sacar el teléfono móvil del bolsillo, para intentar vaciar su mente y entretenerse con alguno de esos juegos básicos y adictivos que en alguna ocasión descargó y cuyo interés sólo duró tres o cuatro partidas. Lo intentó con dos de ellos, pero entonces comprobó que el dinero que había gastado en bajárselos había sido -sin duda- una mala inversión.

Pero no tenía nada mejor que hacer, así que continuó probando suerte con el móvil. Abrió la agenda con la intención de repasar el nombre de las personas que formaban parte de ella, dispuesto incluso a borrar algún contacto que meses o años atrás dejó de serlo. Y entonces apareció su nombre, precedido de dos letras “A”, como aconsejan las autoridades sanitarias registrar el número de teléfono de las personas a las que se debe avisar en caso de accidente.

Era consciente de que nunca jamás volvería a utilizar esa entrada en la agenda de su teléfono. Precisamente ese era uno de los pensamientos que le venían atormentando durante el eterno trayecto de vuelta en el talgo: Hacerse a la idea de que había desaparecido de su vida y de que nunca más volvería a formar parte de ella, salvo en forma de recuerdos. Tan bellos como dolorosos recuerdos.

Decidió entonces dejar su nombre y su número de teléfono registrados. Sabía que aquella determinación no sería eterna, llegaría el momento en que pulsara la tecla “borrar” y confirmara la operación. Pero no era aquel, regresaba a casa tras asistir al entierro de su madre, y necesitaba que su nombre siguiera apareciendo en el primer puesto de la agenda de contactos de su teléfono móvil.


jueves, 14 de octubre de 2010

Política Cultural

No creáis que en mi prolongada ausencia no han surgido temas sobre los que escribir. Ha habido muchos, y algunos incluso más interesantes que el que nos ocupa en esta entrada. Pero hoy, precisamente hoy, había ganas, y como querer es poder, aquí estamos, actualizando, que es gerundio.

Habrá quien se moleste, pero me llama la atención que una serie de personas reconozcan estar interesados en un concepto que se denomina “Política Cultural”. No encuentro dos palabras que casen peor, no se me ocurre un término menos acertado para faltar el respeto a la Cultura, que vincularla con la Política.

Me genera muchas dudas que las administraciones públicas apoyen a la Cultura. No el respaldo en sí, que evidentemente se justifica de muchísimas maneras, si no la forma en que lo hacen. Quién decide qué iniciativa cultural merece el siempre agradable acompañamiento de la subvención pública y cuál no, en base a qué criterios se discierne tan complicada disyuntiva, es algo que me provoca, insisto, serias dudas.

Dudas porque se puede caer en la tentación –se cae, de hecho- de establecer dos tipos de cultura, la oficial y la independiente, y lo más peligrosos de todo es que los ciudadanos, aquellos que son los únicos beneficiarios del hecho cultural, podrían perderse la oportunidad de disfrutar de una iniciativa de calidad, que no ha contado con el apoyo público, y tragarse un auténtico bodrio subvencionado por alguna administración.

Cuando eso suceda –como sucede, de hecho- aquellas personas que han quedado fuera de lo oficial, pondrán –y ponen- el grito en el cielo, criticarán a las administraciones que las dejan fuera de su oficialidad económica, el problema es que esas personas –que son parte implicada del problema- carecen de la legitimidad suficiente como para plantear este debate, que más bien debiera surgir de los propios ciudadanos, que como decíamos antes son los principales beneficiarios del consumo directo de la Cultura.

Pero claro, cualquiera moviliza a la ciudadanía por un hecho que ni les va ni les viene, al menos de forma directa…